
‘Al este del Edén’: entre la memoria familiar y el relato bíblico

Ficha técnica
Título: Al este del Edén
Autora: John Steinbeck
Editorial: Austral
Nº de páginas: 684
Las familias tienen el récord en dos cuestiones básicas: motivos para ir a terapia y material para la literatura. En Al este del Edén, John Steinbeck aprovecha ambas para construir una novela sobre lo que heredamos, lo que hacemos con ello y nuestra fea costumbre de buscar cariño donde más cuesta conseguirlo.
Publicada en 1952, la novela sigue a dos familias, los Trask y los Hamilton, durante varias generaciones, desde la segunda mitad del siglo XIX hasta la Primera Guerra Mundial, con el valle californiano de Salinas como escenario principal. Sus vidas se cruzan entre proyectos de prosperidad, rivalidades entre hermanos, amores construidos sobre unas expectativas bastante discutibles y padres que condicionan a sus hijos incluso cuando creen estar haciéndolo bien.
Una historia de familia, culpa y rivalidad
Una de las cosas más interesantes de Al este del Edén es cómo Steinbeck mezcla la historia de un territorio, la memoria de su propia familia y el mito bíblico. Los Hamilton están inspirados en su familia materna (Samuel era su abuelo), mientras que las rivalidades de los Trask recuperan el relato de Caín y Abel: dos hermanos enfrentados por el deseo de sentirse elegidos. Con ese material construye una novela que tiene algo de recuerdo familiar, de crónica de una época y de reflexión sobre nuestra facilidad para repetir los mismos errores.
La mezcla funciona porque lo íntimo y lo universal se alimentan mutuamente. Las anécdotas familiares dan cercanía a las grandes preguntas y los paralelismos bíblicos añaden otra lectura a lo que sucede dentro de una casa. Me gusta esa libertad para pasar de una historia particular a una reflexión que te deja pensando en la tuya. Hay una originalidad en la forma de combinarlo todo que hace que el libro tenga una personalidad muy reconocible.
Y luego está cómo escribe Steinbeck. Tiene una capacidad enorme para llevarte de una página a otra (incluso cuando se toma su tiempo, que no son pocas veces). Y gracias a esto consigue otro de los puntos fuertes de la novela, que es la ambientación. El valle de Salinas se convierte en un lugar que acabas sintiendo familiar: sus tierras, las estaciones, las casas, las distancias y los cambios que trae el paso de los años. Steinbeck ha conseguido que busque información sobre la explotación agrícola de aquellos años. Tiene su mérito.

John Steinbeck, autor.
Los personajes y sus contracciones
Los personajes son otra de las grandes fuerzas de la novela: dejan huella y despiertan pasiones y odios. Eso sí, es incuestionable que Steinbeck tiene favoritos: Adam Trask y Samuel Hamilton, que no son, ni de lejos, los mejores.
Y aquí aparece una de mis principales reservas con el libro: la división entre buenos y malos está demasiado marcada en determinados personajes. Adam Trask recibe una comprensión que a ratos me cuesta compartir. Su supuesta bondad convive con una tendencia a idealizar a los demás y desentenderse de lo que no quiere ver, pero tener buenas intenciones no te libra de hacer daño. Samuel Hamilton, por su parte, es ingenioso, generoso y trabajador. Entiendo el cariño de un escritor que recupera la figura de su propio abuelo, pero la admiración con la que lo presenta acaba pesándome. Tanta virtud y tanta sabiduría me dejan poco espacio para descubrirlo por mi cuenta lejos de ese pedestal.
Steinbeck también peca, desde mi punto de vista, con su necesidad de dejar clara qué interpretación busca de ti. Queda patente esta tendencia sobre todo en el personaje de Lee, que trabaja en casa de los Trask y acaba asumiendo buena parte de los cuidados de la familia. A veces parece que, además de ocuparse de esa casa, tiene que comprobar que el lector ha entendido el mensaje. Sus reflexiones sobre la libertad de elegir y la responsabilidad individual tienen fuerza; la insistencia con la que se desarrollan termina restándosela.
En cualquier caso, me quedo con una historia que me ha tenido pendiente incluso de los personajes a los que no he soportado. Tengo que decir que, después de setecientas páginas y un par de semanas en mi mesilla de noche, echo de menos abrir Al este del Edén y transportarme al valle de Salinas.

