Si viajásemos por un momento al reino de Castilla en 1618, usted no estaría leyendo estas líneas. Esta obra teatral se hubiese quedado en manuscrito, no se habría llegado a representar o no legalmente. De haberse publicado, habría sido perseguida por obispos, alguaciles o por el mismísimo Rey, y la compañía teatral que lo ha consentido habría sido castigada con pena de muerte. En este espectáculo, María de Zayas, Feliciana Enríquez de Guzmán, Leonor de la Cueva y Sor Juana Inés de la Cruz representan, publican, piensan en voz alta, se juntan en academias de mujeres improvisadas, comparten sus textos… Ellas, junto a una mujer que decide dirigir su propia imprenta, se presentan como lo que fueron, grandes autoras y pensadoras que tuvieron que vivir fingiendo que no lo eran. Aprendieron a conjugar obediencia con vocación. Se esforzaron por dar la imagen que la sociedad les pedía: sumisas y penitentes, a la vez que disfrutaban del placer de escribir y de crear. Desafiaron las convenciones de su época y supieron encontrar el camino para decir sin decir e incluso para decir diciendo. Imagen de cartel: Isabel Rodes en la obra La Magdalena , de Marcellus Coffermans. Por cortesía del Museo Nacional del Prado. Fotografía de Sergio Parra